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febrero, 2001
Al buen vino lo
llaman pan y al peor de los mendrugos, vino.
"No hay inferior
ni superior ante Dios. El que sirve y sacrifica su voluntad sin
preguntar, echa de sí la culpa en las manos de Dios. Pero el que
yergue su voluntad y pretende evitar las cosas hostiles con su sabiduría,
cae en tentación y es culpable."
Stefan Zweig
Suena
el teléfono y veo, en la pantalla digitalizada que me previene del que
llama, que se trata de un teléfono móvil de Madrid. Pienso en un buen
amigo y le respondo "dime gallego, que tal la paella", pero
una voz ronca similar a la de un fumador colegiado me saca del equívoco:
"a ti, que tanta porquería escribes sobre España, te deberían
volar la cabeza los de ETA. Y es que en España, a mis artículos los
clasifican como "difamatorios", aún y cuando sus efectos
resultan entre la gente común bastante positivos. En los Estados Unidos,
los "liberales" aliados tradicionalmente a los progresistas de
la recua de Bill Clinton, los llamarían artículos de extrema derecha,
pero resulta que esa gente no habla más que un sólo idioma y entonces,
me juzgan por ellos los castristas como autor "lleno de odio".
En
Cuba (y entre los cubanos) la "prosa caliente" expresada en
miles de ensayosquenadietepidió tiene un historial impresionante,
pero en España, y por razones que no logro comprender (pero sin dudas
perversas) eso de escribir lo que ellos exportan por la vía de su
propia conducta se encuentra condenado al vituperio. De ahí que mis
razonamientos sean pura "tergiversación" de la realidad española,
o una insolente "simplificación" de la complejidad ibérica,
o "la distorsión que busca hacerse notar", o simples "ganas
de joder", etc.
No
niego que algunos de mis artículos pudieran ser clasificados de
petardos provocadores, pero no es menos cierto que los interesados en
calificar mis textos no van, sólo por tener razón, a extinguirme el género.
Y por qué debiera ser así, me pregunto, si el idealismo marxista, al
fin y al cabo, no ha licenciado al terrorismo como método para alcanzar
sus objetivos. Yo siento que hay motivos para deplorar la cobardía política
española por dos razones fundamentales. En primer lugar, la
tergiversación de las realidades impone al pueblo una aplastante carga
emocional cuando todavía nadie ha querido calificar los hechos de forma
concisa. En segundo lugar, ello denigra la inteligencia de millones de
ciudadanos ávidos de escuchar la verdad sin ningún tipo de
condescendencia.
La
prueba (monstruosa por añadidura) es ese demócrata español que me
molesta en mi propia casa, que está seguramente hasta las narices de
ETA, pero que quisiera que fuera ella quien realizara otro trabajito más.
Es vergonzoso que quien tanto daño le hace a España no sea nunca
puesto en la mirilla de la justicia de ese país. Pero además, que lo
clasifiquen de "político" junto a Muammar el-Gaddafi, Saddam
Hussein y otros tantos asesinos, a la vez que negocian con él todo tipo
tejemaneje para que, aún defendiendo abiertamente a ETA, ello no se
haga público en el país que tanto luto le debe a esa banda criminal.
¡Que Dios los coja confesados!, o un poquito menos estúpidos al
momento de morir.
Si
los escritores adoptaran como norma ese término medio de mediocridad e
incomprensión que tanto abunda en la prensa y en la política española,
no sólo despreciaríamos a esa clase que gusta de llamarse "democrática
española", sino que también le negaríamos su inteligencia y
valga que lo aclare, un legado que no es en ningún sentido falso. Me
han hecho partícipe (a través de los e-mails que me envían gente
mucho más seria que yo) que todavía quedan en aquella península
algunos intelectuales que se esfuerzan por incrementar el nivel de
comprensión del pueblo. Y yo juro que se los creo, pero coño, ¡que
publiquen pronto!
Dicho
esto, siento que ya es hora de que comencemos a llamar a las cosas por
su nombre. Las reglas para lograrlo son sencillas: nada de compromisos
con el poder, nada de tolerar sus pequeñas o grandes ambigüedades o
todo aquello que ellas tratan de ignorar. Eliminemos ese vocabulario
puesto en moda que permite no sacrificar jamás nuestras ideas. Si
seguimos lo anterior, el primer paso es el de relacionarnos con la opinión
pública y ser vigorosos al momento de identificar quiénes son y quiénes
no inflexibles a la hora de reconocer nuestro linaje político y la
imagen ideológica de persuasión que utilizamos. El segundo paso,
consiste en reconocer esa inflexibilidad como intolerancia (el lado
obscuro del comunismo, que no deja de tener su dosis de hermandad con el
fascismo) y clasificarla acorde a su historia y no en dependencia de
ciertos intereses.
Es
sorprendente buena la literatura socialista generada por Habermas*,
pero me considero un biólogo liberal más unido al Rawls** europeo, tan
ferviente como impenitente, y alejado del término liberal de los
norteamericanos como mismo están los socialistas alemanes distanciados
del término equitativo de Pol Pot. Los motivos que me hacen vomitar
frente al socialismo marxista leninista son diversos, pero el primero es
que yo nunca he servido como simulador. Sería un fiasco embarazoso en
el gremio de los "proxenetas de la pobreza"*** como lo es su líder,
el uruguayo Eduardo Galeano. Así las cosas, amo primariamente a la
naturaleza por sus enigmas y luego a los hombres según sean capaces de
resolverlos correctamente, ponerlos a su servicio sin perder tiempo, y
reconocer que Dios les ayudó en algún que otro detalle.
Considero
que hay que destacar el éxito de esa batalla de 80 años contra el
comunismo (desde la revolución de Octubre) hasta la magnífica
consumación de nuestro mayor triunfo político extendido por el efecto
dominó desde la caída del muro de Berlín. Sin embargo, he de destacar
nuestros fracasos puntuales: el estado lastimoso en el que se encuentra
nuestra patria y la moral de nuestro pueblo, que es capaz de salir a las
calles a gritar contra una ley que les ha salvado a muchos de sus
padres, hijos y hermanos (La ley de ajuste cubano), y la perpetua desunión
de nuestro exilio (vituperado también por casi todo el mundo) porque se
une sólo cuando hay temas menos inmediatos a los que hacer frente y
hace así el ridículo cuando menos falta hace.
He
escrito de casi todo lo que me interesa y ahora, sin saber su utilidad
(y los biólogos liberales debiéramos ser utilitarios en todo momento),
y sin encontrar el momento adecuado (pues gracias a Dios no soy un
perfecto español), llevo ya varios meses hablando del daño que ETA le
causa a Cuba. Y es curioso, porque soy uno de los que cree que lo mejor
de España radica en sus nacionalismos (el vasco incluido) y no en el
"cartelito democrático" (o el vasallaje democrático ante la
monarquía de Borbón, para decirlo de otra forma) seguido por
socialistas y populares (contingencia frente a designio en la historia
de la vida), y que no resulta un tema (y ni siquiera una falacia)
interesante sobre el que escribir.
Cada
vez que relego a un segundo plano a los españoles estos me miran como
si yo fuera un pedante, cuando en realidad no soy más que un hombre que
utiliza la coherencia para integrar temas dispares y de gamas no siempre
válidas para sacar algún partido. Por ejemplo, la bala que en 1987 no
pude meter en la cabeza de Fidel Castro cuando acudía al aeropuerto José
Martí a recibir a Dos Santos, y que me llevó por azar a las mazmorras
de Villa Marista, ha sido el vehículo que he utilizado para saber que
cada año que paso escribiendo en el exilio yo he ganado más que él.
La verdadera razón de vivir, y esto es algo que sólo puede pensarse
fuera de un país como Cuba, es la extensión que guarda el término
"libertad". Ese estado tan maravilloso nos da una fuerza que
ningún arsenal puede limitar y el día que los terroristas comunistas
del país vasco así lo entiendan, entonces comprenderán lo inútil que
ha sido su macabra campaña de exterminio.
Por
otra parte, es una pena que la última víctima de ETA en Cataluña haya
tenido como despedida un discurso tan absurdo. Nada me une a ese hombre,
luego entonces, nada me hace sentir pena por él. Pero en cambio, pena
daba su colega de trabajo (quizás una socialista, o tal vez una
afiliada con Izquierda Unida), tildando a los asesinos de "fascistas".
Me imaginé a Fidel Castro riéndose de oreja a oreja de Jaime Mayor
Oreja. La mala costumbre impide al ciudadano español el catalogar
correctamente a los esbirros y lo políticamente correcto (en la mayoría
de los casos una postura fétida e hipócrita ante la moral y la ética)
impide a sus dirigentes llamar a ETA terroristas de izquierda,
comunistas asesinos, y otros tantos calificativos más apropiados en
virtud de la verdad. Y ustedes me dirán: sí, pero es que con ETA no se
acaba con sólo cambiar el nombre. Y entonces yo diré: sí pero con la
historia clínica en la mano y el agente patógeno previamente
identificado se enfrenta uno más rápido a la infección.
El
exilio cubano no ha podido acabar con Castro, y yo dudo que seamos
capaces de causar un daño permanente a sus creyentes por el mundo. Pero
en cambio, sí que podemos desligarnos de ellos y entonces, esa parte de
la sociedad cubana que formamos puede emitir cien suspiros de alivio en
cada victoria de conciencia que ganamos. El día que José María Aznar
reconozca públicamente que ETA es un movimiento de izquierda verá que
hay más compromisos establecidos entre la banda terrorista e "Izquierda
Unida" que entre esta y el "Partido Nacionalista Vasco".
El día en que la sociedad española sea informada de que en Cuba ETA es
entrenada, equipada y protegida, el pueblo le devolverá por la fuerza
la vergüenza que han perdido algunos inversores.
El
día en que estas dos simples ideas sean discutidas por el Parlamento
Europeo comenzará para el régimen de Castro un bloqueo al estilo
sudafricano. O sea, un embargo sostenido y respetado por la base moral
de esas sociedades en contra del terrorismo. El día en que comprendamos
que el terrorismo humano no es frágil en su propia escala de tiempo (porque
esta es idéntica a la nuestra) y nos demos cuenta que los lastimosos no
serán nunca buenos administradores a mediano o a largo plazo, ese día
aprenderemos cómo salvarnos a nosotros mismos de nuestra propia
temeridad humana.
Al
extremismo comunista no puede combatírsele con arengas bolcheviques y
manifestaciones similares a las de Francia en mayo del 68. Hartos
estamos de oír hablar de la ética social de la democracia y de
propuestas y de pactos y de diálogos y de estrategias comunes que sólo
toman la abstracta majestad del mismo imperativo categórico marxista.
Se necesita algo más simple y práctico, se necesita una versión más
útil y moderna de aplicar los principios morales: se necesita del egoísmo
puro y de esa doctrina que emana del egoísmo imponiendo la estabilidad
a partir del respeto mutuo. Si pretendemos tratar a los etarras como nos
tratamos a nosotros mismos, nadie logrará aplacar su sed de dejarnos
sufrir el miedo y vivir a duras penas.
Que
los españoles no quieran creer lo que les dice un cubano por complejos
e intereses creados es algo comprensible, pero que se invierta tanto
dinero en Cuba y que se sigan manteniendo las mejores relaciones con
aquel Estado terrorista, sólo para no perder el dinero allí invertido,
es algo más mugriento que económico. El ciudadano español debiera ser
informado de todo esto. El ciudadano español debiera llamar pan al pan
y al vino vino. El ciudadano español debe saber que Aznar, que Matutes,
que Rodrigo Rato, que Mayor Oreja, y que toda esa camarilla
"popular" lo sabe todo, pero nada dicen. El ciudadano español
debiera exigirle coherencia a su gobierno y que no se coquetee más con
Castro. El ciudadano español debe exigir que se le llamen terroristas
de izquierda a los miembros de ETA y que si a Pinochet y a Somoza les
pega el calificativo de dictadores, que a Castro no lo protejan entre
bastidores.
El
ciudadano español debe dejar la imbecilidad de salir a las calles hasta
tanto no hayan descubierto a quién van a denunciar y contra quienes van
a protestar. El ciudadano español debe dejarse de payasadas y reconocer
que el pueblo español no existe, que quien verdaderamente existe es el
pueblo catalán, el pueblo vasco, el pueblo asturiano, el gallego, el
andaluz y así, todos los pueblos que conforman España y todos tan válidos
e importantes como el mejor. El pueblo español, ese eufemismo creado
por la lengua académica española, o por personajes al estilo del Cid,
debe dejar de sorprenderse con mi cinismo si algún día quiere tener
cierto reconocimiento verdaderamente popular.
De
nada vale enseñarle a un pueblo que los norteamericanos devuelven a los
haitianos, si no se les dice que ellos también hacen los mismo y de
forma más violenta con los negros africanos. De nada vale que digan que
"en Cuba se perdió más" si esa pérdida no incluye todavía
el respeto que se merecen los cubanos. Esa dicotomía de pacotilla
parece a primera vista favorable a España. Sacraliza lo español como
algo puro y ajeno a las grandes porquerías de la vida. Exalta a lo español
para descubrir la verdad a toda costa en lo español, mientras que las
instituciones sociales y biológicas quedan relegadas al plano de
adivinanzas. Por eso sus héroes, en los malos tiempos, son verdaderos mártires
del terrorismo, o, en los tiempos mejores, se irritan como lo hace Aznar:
contra un mal al que dan la espalda en Cuba y al que les ha dado por
llamar fascismo.
El
día en que la fama, el honor, el orgullo y la preeminencia ibérica
sean basura frente al afecto y la solidaridad entre las distintas
comunidades autónomas, ese día, ETA se extinguirá. De lo contrario
son muchos los que faltan por asesinar y muchos serán mis momentos de
pena, no ya por el muerto, al que no me une nada, sino por su colega de
trabajo que ya habrá blasfemado durante su discurso muchas veces sin
llegar a entender, el pobre, quien es el que lo ha privado de su amigo.
Desde hace varios meses hay en Cuba tres periodistas españoles presos
por los cuales Aznar no mueve ni una ficha. Ayer cayeron dos políticos
checos en las manos de la inquisición cubana, pero Aznar, que tanto le
gusta defender a Europa en ese parlamento, de la locura de su adorado líder
máximo no dijo nada. Pues bien, llame usted al terrorismo como quiera,
calle ante la barbarie tanto como guste, y acuse a sus contrarios con
mentiras y difamación. Ya habrá quien un día le corrija el verbo y
les recuerde el acto cuando menos se lo espere.
Carlos Wotzkow
Bienne, Enero 2001
Citas
* Habermas, Jürgen
(1998): Facticidad y Validez. Sobre el derecho y el estado democrático
de derecho en términos de teoría del discurso. Editorial Trotta. 689
pp.
** Habernas, J. y
J. Rawls (1996): Debate sobre el liberalismo político. Paidós.
Pensamiento Contemporáneo 45. 181 pp.
***
El término "Proxeneta de la Pobreza" ha sido tomado de un título
de mí colega y compatriota Marcelo Fernández-Zayas. Revista Electrónica
Guaracabuya. Diciembre 2000 http://www.amigospais-guaracabuya.org/oagmf053.html. |